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CURRO LUCENA, UNA SINGULARIDAD
FLAMENCA
Por las tardes, a la oración, como se decía entonces a la llegada de la noche, a
Araceli, le gustaba recorrer con la mirada, fugazmente, los grupos de estrellas
que se recortaban por entre los desiguales recuadros que formaba el emparrado
del patio.
Sentada sobre la vieja silla baja de anea, junto al brocal del pozo que, en Lucena, cada casa tenía el suyo, mitad, tesoro que surtía de agua las necesidades doméstics, mitad, enigmático médium que reflejaba en su oscuro fondo los buenos o malos augurios que habrían de acontecer a las familias fieles seguidoras de las creencias supersticiosas, trataba de invocar a la divinidad para que el hijo que llevaba en su vientre no tuviese falta alguna y le librase de las penurias que la vida ofrecía por aquellos años.
Y, entre buscar los hados de la diosa fortuna en el fondo del pozo, relegado, en razón de su hiriente frialdad, a hechicero del mal sino, y, demandar la energía positiva de la estrella personal que lleva escrito el verdadero destino de cada uno, obviamente, Araceli se decantaba por lo segundo.
Aunque, la infinita desproporción
kilométrica entre las lejanas estrellas y el cercano pozo, la mantenía inquieta
y temerosa, a la vez que infinitamente esperanzada en obtener los dones que tan
constantemente solicitaba del cielo, quiso Dios que, aquel primer retoño que
inauguró septiembre para salir al mundo exterior, trajese mezclados en
proporciones muy desiguales los estigmas del pozo y las estrellas. El primero,
en una dismetría pélvica que le afectaba a su pierna izquierda y el segundo, los
maravillosos dones de una voz, un oído y una afición extraordinaria para el
cante flamenco, que como es natural, en aquellos primeros instantes de su vida
no se podían evidenciar.
Por eso, tanto Araceli, como Sebastián, “Bastián”, los padres de la criatura,
sintieron más aguda aún la nueva dentellada que le había asestado la vida con el
nacimiento de su primer hijo a quien su estrella quiso ponérselo más difícil.
A las penurias que padecía el matrimonio para su subsistencia, mal endémico en
el noventa por ciento de la población, se unía la preocupación por el futuro de
su pequeño.
Hacía once años que había finalizado la contienda fratricida española y cinco
años del fin de la segunda guerra mundial. Septiembre de 1.950. La escasez de
alimentos, la inexistente industrialización, la concentración de la posesión de
la tierra en el diez por ciento de los privilegiados propietarios, “señoritos”,
como se les denominaba en las poblaciones andaluzas, el régimen dictatorial que
propugnaba la autarquía y favorecía la sociedad de clases, en la que, la
ocupación de puestos en la administración y la obtención de privilegios era
reservada a un escaso número de adeptos al régimen, y en la que funcionaba el
favoritismo por encima de la capacitación, el grado tan alto de analfabetismo
entre la clase obrera y la falta de inversiones estatales, habían relegado a
Andalucía a la región más deprimida, hambrienta, explotada y políticamente más
ignorada de España, al tiempo que, mansa, rendida, resignada a lo que
popularmente se entendía supersticiosamente como destino (cualquier cosa antes
que verse en la cárcel, perseguido, o incluso volver a la guerra civil) El miedo
y la ignorancia han sido siempre las estrategias más rentables de algunas formas
de poder.
Esta era la realidad de aquellos
años en los que vino al mundo nuestro querido, protagonista, justo a mitad del
siglo XX. Su estrella, la que tanto miraba su madre, lo trajo a Lucena, justo al
corazón de Andalucía. Vino a conocer el “joyo” como ración alimenticia casi
única en el día, y a conocer las casas de vecinos, en donde se hacinaban en una
sola habitación hasta cinco, seis, e incluso diez o más miembros de la familia,
compartiendo anafre de leña en el portal de la casa a modo de cocina comunal,
pozo de agua y pozo ciego o retrete en el fondo del patio y media tinaja abierta
longitudinalmente como baño o lavadero de ropa. Y a conocer los juegos
infantiles en las calles, pobladas siempre por pandillas numerosas de chiquillos
que, inconscientes del futuro que la vida les tenía reservado a cada uno, se
entregaban alegres y jacarandosos a mil y un juegos que la tradición les ponía a
su disposición.
Pero, a pesar de la alegría infantil, eran tiempos difíciles, y, de la calle
Cortés nº 8 enclavada en el barrio alto, segunda bocacalle por la derecha de la
calle Rute, que fue donde vino a nacer Francisco de Paula, tuvo que trasladarse
a la calle Santiago, antigua casa de vecinos, hoy convertida en el bar “La
Pera”, para posteriormente mudarse a la casa de su abuelo, antiguo nº 40 de la
misma calle, donde instalaría su propio negocio antes de comenzar a dedicarse
por entero al flamenco. Finalmente, la familia, Araceli y Sebastián, sus padres,
y Francisco, Antonia y Araceli (hijos) hubieron de trasladarse a la tahona,
antiguo molino harinero y fábrica de pan, convertido en esa segunda mitad del
siglo XX en casa vecinal, marcada con el nº 5 de la misma calle Santiago.
A veces, la multiplicidad de casualidades, aunque en el fondo creamos que no son
más que eso, nos hacen pensar, si no habrá en ellas algo más que no entendamos,
algo atávico, o cósmico, o codificado en un lenguaje astral, en una cuarta o
quinta dimensión que, de algún modo, nos hagan seguir un rumbo determinado. Esto
lo digo, porque el barrio de Santiago, en distintas poblaciones andaluzas ha
sido talismán natal de grandes artistas flamencos, y aquí tenemos a nuestro
Curro mudándose una y otra vez, pero siempre en el barrio morisco por excelencia
de Lucena, como es el barrio de Santiago. Como si el crisol de culturas que un
día habitaron en ese lugar convergiesen para destilar toda la esencia de sus
músicas y estigmatizaran con ese don y sabiduría a la persona que tuviese ese
sino, como de igual forma, los efluvios nocivos contaminan nuestras vidas, sin
que seamos conscientes, hasta caer enfermos. Amén de otras coincidencias, como
la de su propio oficio, zapatero, el mismo que tuvieron grandísimas figuras como
Chacón, Menese y Morente.
Dejando a un lado lo meramente especulativo, lo cierto es que, favorecido por su
carácter abierto, inquieto y afectivo, dio pronto a conocer en reuniones
familiares, juegos infantiles y celebraciones extraordinarias en la escuela, sus
buenas dotes de oído, voz y estética flamenca. Recuerdo, especialmente, una que
hicimos en el grado preparatorio con nuestro común maestro, D. Francisco Espada
Gómez, con motivo de la fiesta de finalización del mismo, en la que Curro, por
aquel entonces el alumno Francisco de Paula Luna Navarro, con unos diez años,
cantó por tientos, alegrías, caracoles y fandangos con tanta gracia y duende
que, desde entonces, siempre he sabido, aunque suene poco serio, que a mi buen
amigo Curro le acompañaba aquella luminosa estrella a la que su madre, tan
devotamente pidió.
Pero nada fue fácil para él y su familia; años de incertidumbre, de
preocupación, de hospitales e intervenciones quirúrgicas, sacrificios familiares
para que el niño estudiara y pudiera tener una profesión menos lacerante que la
eventualidad agrícola o la peligrosidad del andamiaje, dieron como resultado que
comenzara sus estudios en la escuela pública de D. Pedro “El Campanero”, situada
en la acera alta del Carmen, y que además tuviese un complemento instructivo con
la contratación de varios maestros particulares que la familia pagaba de mil
amores y con mil apuros para que el pequeño “Frasquito” tuviese otras
oportunidades en la vida. Después pasaría al grado preparatorio y posteriormente
a primero de bachillerato, en el Instituto Marqués de Comares, que por entonces
pertenecía a la rama laboral, donde nuevamente coincidimos; él en primero y yo
en segundo curso.
Pero, su inconsciencia de niño, su especial vitalidad, su pasión por crecer lo
más rápidamente posible y su deseo por descubrir por sí mismo toda la sabiduría
popular; ésa que se destilaba por entonces en las ágoras del conocimiento del
pueblo; tabernas, barberías, zapaterías… que nada tenían que ver con enseñanzas
regladas, con contenidos científicos, ni gramáticos, sino con la picaresca, la
astucia, la conversación, la observación de las reacciones de las diferentes
personalidades, las intencionalidades, las pasiones, etc. etc. dieron con Curro,
por mucho que le pesara a la familia, en aprender el oficio de zapatero en el
antiguo local de la calle de las Tiendas que regentaba Enrique “El Taco”, donde
con mucha frecuencia, se reunían personas de la más variada inquietud y el más
versado conocimiento, desde D. Francisco Muñoz, “Hornillón”, profesor de
matemáticas, Miguel Delgado, tinajero, Juan Miguel Caballero, gañán, Paco
Florido, repartidor, Francisco Espada, maestro, Pepe Flores, empleado de
notaría, etc. y donde, igualmente, era frecuente que Curro, que siempre fue
generoso y de vivo genio, deleitase a los presentes con su peculiar voz y forma
de cantar; animándole éstos a que siguiera perseverando y a que participase en
los diferentes concursos.
Pero a Curro le tiraba mucho el barrio, o tal vez fueron nuevamente las
casualidades y pasó a la zapatería de Martín situada en la calle Santiago, para
posteriormente, abrir local propio en la sala baja del nº 40 de la citada calle,
propiedad de su abuelo, a quien Curro le pasaba un módico alquiler mensual.
Poco a poco se le empezó a conocer, más que como zapatero, como firme promesa en
el cante flamenco, por lo que llegó a vivir intensamente los ambientes
lucentinos de las peñas flamencas, celebraciones festivas, juergas de cante,
“juntas” de santería, tabernas y demás reuniones ociosas en las que surgía como
enseña del divertimento el cante flamenco. Y así comenzó otro paso más en el
aprendizaje de la “vida”, en el que, si no eres listo, al andar sobre el filo de
la navaja, es muy fácil que en el menor descuido te decapites. Lógicamente, este
nuevo rumbo que tomaban los acontecimientos en su vida constituyó otra
preocupación familiar, por temor a que se dejase arrastrar por esos ambientes.
Pero, si hubiera que destacar alguna de las grandes virtudes que Curro posee,
que no son pocas, sin duda, su agudeza, su sagacidad, su astucia, es la que
sutilmente le pone en aviso para detectar el terreno que pisa en cada momento. Y
Curro aprovecha cada situación para aprender algo de cada una sin dejarse
engañar por los aduladores, que los había, ni por los detractores. Los unos
intentando envanecerle y los otros tratando de anularle. Quien persigue un fin,
ha de tener muy claro en qué dirección ha de orientarse, qué pasos tiene que
dar, qué obstáculos ha de salvar, qué estrategias va a utilizar, cómo debe
encajar cada logro o cada fracaso, etc. etc. Y en este sentido, Curro es un
aventajado, pues, es listo como el hambre, que se dice por aquí, y sin titubeos
se pone a la tarea, consciente de que el camino es largo y lleno de sacrificios,
pero sabe perfectamente dónde, cómo y cuándo afrontarlo.
Con esa visión resuelta y clara que le caracteriza, comienza a participar en los
Concursos de la comarca para tener la referencia de otras personas sobre el
nivel de aceptación de su estética flamenca. Llegan los premios y la
confirmación de que hay que prepararse concienzudamente para probar a dar un
salto cualitativo que le impulse a trascender las fronteras de lo meramente
anecdótico, de ser sólo un buen aficionado que queda en el recuerdo de la gente
de su pueblo que un día le escuchó.
Como en cualquier otra faceta del arte, la referencia está en Madrid, y hay que
perfilar una estética y unos fundamentos flamencos que se ajusten a sus
características personales. Por esta razón se reviste de valor, deja el oficio y
marcha con el equipaje de su juventud, de sus buenas dotes artísticas y la
rebosante ilusión por aprender de los grandes, a la aventura de ser un
“artista”; una de las más arriesgadas opciones de encontrar un futuro que te
permita vivir dignamente, por lo que de competitivo, de incierto y de subjetivo
o afortunado tiene lo de ser “artista”.
A pesar de todo, Curro, que ya
viene ilustrado de la escuela de la calle y de los ambientes flamencos locales,
sabe adaptarse perfectamente a la aventura de buscarse la vida y encontrar el
modo de ganarse, con su cante, su gracia natural, y la avidez con la que aprende
toda clase de matices y registros flamencos que le enseñan, la admiración y
simpatía de varias de las figuras más importantes y de mayor enjundia flamenca
del momento, como fueron los patriarcas, Pericón, Juan Talega, Pepe el de la
Matrona, “El Culata”, Rafael Romero “El Gallina”… a cuyas tertulias asiste como
una verdadera esponja que absorbe todo el conocimiento que en ellas se comparte.
Aquí comienzan sus contactos, no sólo con cantaores consagrados como los
mencionados y con jóvenes que, como él, ya comenzaban a tener un sitio en el
mundo del flamenco como, Enrique Morente, Carmen Linares, Juanito Varea, José
Menese etc. etc. sino con artistas de la talla de Antonio Mairena, Manolo
Sanlúcar, Juan Carmona “Habichuela”, Faico, Parilla de Jerez, Perico el del
Lunar, Miguel Vargas y otros como Manolo Ávila, tan excelente por los cantes de
Lucena, así como contacto con escritores, poetas, estudiosos del flamenco,
periodistas, y otras personalidades influyentes de los diversos ámbitos del
saber, entre los que podemos recordar a Fernando Quiñónez, José Gelardo,
Francisco Salgueiro, Antonio Murciano, José Blas Vega, Manuel Ríos Ruiz, Marcos
Manuel, Moreno Galván, Andrés Salón, Eduardo Delgado, José Mª Pérez Orozco…
Se puede afirmar, que tanto su talento y cualidades para el cante, como su
inteligencia natural hacen posible que se conduzca por el camino que había
soñado. Se consolida su estética flamenca en la más pura ortodoxia del cante que
ya desde el cincuenta y seis consiguieran difundir a través del nuevo formato
flamenco de los festivales, como movimiento revolucionario frente a la
denominada ópera flamenca, Antonio Mairena, el pontanense Antonio Fernández
Díaz, “Fosforito”, Antonio Núñez el “Chocolate”, amén de los círculos
circunscritos a localidades y ambientes de tradición honda flamenca, de Jerez,
Triana, Cádiz, Málaga, Granada, Córdoba y localidades gaditanas y de Sevilla, en
donde se recuperaba el añejo elixir del sentido rajo “jondo”, del cante
“quebrao” de la ruptura en la uniformidad melódica, del pellizco y del quejío,
de la tesitura amalgamada de tonos y compases, sobre todo en los cantes
festeros; de la voz grave, rota, sonora, jonda, “afillá”. Y esta es la estética
de Curro.
Por aquel entonces, sorprende a todos, su seriedad en el escenario, a pesar de
su juventud, su imagen de rey centrado, acompañado siempre de su imprescindibe
colección de bastones, dada su dismetría pélvica, y su peculiar voz profunda,
que nace en el diafragma y se proyecta con un especial fuelle de contención e
interrupción del aire de los pulmones, que recordando a Tía Anica “la Periñaca”,
podríamos decir que sale de su pecho a cuajaretones buscando los preciosos
registros en los tonos bajos y exigiéndose enormes esfuerzos para culminar los
altos, entregándose generoso en la pelea con el cante y buscando la mayor
honestidad.
Estas esencias y las propias circunstancias de movimientos sociales clandestinos
que se rebelaban contra los últimos años de dictadura, le sirvieron para
conquistar los Colegios Mayores, las Universidades, y cuantos foros
intelectuales reivindicaban la extinción de todo lo que fuera impuesto, lo que
hasta entonces había sido dominantemente persistente. Lo cual sirvió como
trampolín, no sólo para que lo conocieran en su esencia más pura una parte
importante de los universitarios, sino para que se reconociera en los ámbitos
culturales como una música seria y profunda desligada de todo carácter
folclórico y superficial al que habían llegado a asociar en la etapa anterior;
más por hartazgo y falta de imaginación de los organizadores de espectáculos y
de los canales de difusión que, por escasez de calidad de aquella otra estética
flamenca.
Asegurada su consolidación como cantaor de flamenco; pues, a los foros
culturales, se añaden las conferencias ilustradas, la participación en
festivales con las figuras más destacadas de la época, los programas de
televisión, la participación en diversas antologías y trabajos de flamenco, las
grabaciones, las giras artísticas por diferentes países, etc. etc., así como el
reconocimiento de los jurados y del público mediante los premios conseguidos, es
necesario digerirlo todo y afrontar el futuro con la mayor serenidad y sapiencia
posibles, máxime, cuando en este mundo de la expresión artística, existe tanta
competencia y es tan efímera la gloria del momento. Y, aquí, también es Curro un
brillante alumno, pues, como él mismo dice, “En la escuela de la vida es donde
debes obtener el máximo rendimiento”. Y a fe mía que supo afrontar cada momento
con la mayor eficacia posible. Buscó una fuente fija de ingresos en uno de los
lugares más bellos de la tierra, como es Ronda, allí conoció a Angelita, su
esposa, su abnegada compañera con la que comparte sus ilusiones, sus proyectos y
su amor fruto del cual nacieron sus tres hijos. Francisco, quien lleva
artísticamente el nombre de Curro Luna y sigue la llamada del flamenco por los
nuevos caminos y tendencias en las que los jóvenes se sitúan con más acomodo,
recorriendo algunos países europeos por los que intenta dar a conocer su forma
de entender y expresar su arte, mezcla de copla y cante. Sebastián, cuyo nombre
recuerda al abuelo paterno y el pequeño Ángel a quien bautizaron con el nombre
de la madre. Allí trabaja en el Centro de Salud, y, asentado y querido en esa su
segunda patria chica, comenzó a construir su segunda faceta de artista.
Sin dejar de intervenir por toda España en festivales, peñas, tertulias,
conferencias o reuniones flamencas, sintiéndose libre de la agitación propia de
aquellos años en que, por razón de la fama debía ir de acá para allá
constantemente, comenzó a organizar su magnífica hemeroteca y fonoteca y a
estudiar despacio, pero sin pausa cada uno de los diferentes matices de la
incontable nómina de grabaciones de cantaores que ha logrado reunir, y a
preparar los proyectos que bullían en su cabeza y que seguro van a continuar
surgiendo a lo largo del tiempo, para que podamos recrearnos con trabajos como
Mi amante la malagueña, monográfico sobre diferentes estilos de malagueñas,
Lucena y Ronda, Ronda y Lucena, Los cantes de Lucena, En directo e inédito, CD
1, 2 y 3. etc.
Aquí radica la coherencia de un gran cantaor y de una personalidad artística; en
saber asimilar la efervescencia del triunfo como figura del flamenco por un
espacio de tiempo limitado, sin dejar de reconocerse, no obstante, humilde,
cercano, sencillo, sincero… al tiempo que utilizar el raciocinio, la seguridad,
la afición, y la pasión flamenca, para no cesar jamás de profundizar en el
conocimiento de los más genuinos y poco conocidos contenidos flamencos, para que
le permitan mantener esa categoría alcanzada con la mayor dignidad y sapiencia a
lo largo de toda la vida, lo cual no es nada fácil, como se evidencia en muchos
de los ejemplos de artistas flamencos que todos conocemos, pero que sin embargo,
en Curro, es una obviedad apreciable, rica y fecunda, propia de una persona
intuitiva, apasionada, inquieta, cualificada y entrañable, a quien por derecho y
méritos propios se le ha de reconocer el lugar que ocupa en el mundo del
flamenco.
Desde mi punto de vista, y esta es una opinión muy personal, Curro, ha
contribuido muy dignamente al enriquecimiento del patrimonio musical flamenco,
no sólo por su personal forma de expresión del cante, donde, aunque es un
cantaor largo, tiene un especial acomodo, una magnífica concreción de los
fundamentos jondos y sus cualidades personales, en la soleá de Tomás Pavón, en
la apolar, recordando a Cobitos, en las cañas y polos, y en los cantes de
Málaga, Ronda, Lucena y Levante, sino también, por las aportaciones novedosas de
la creación de los Tangos de Ronda, la primicia en la interpretación del himno
de Andalucía por tangos, las versiones flamencas del himno de la Virgen de
Araceli, el Perdón de la Semana Santa lucentina y la romería aracelitana y el
interesantísimo trabajo monográfico sobre diferentes estilos de malagueñas.
Así mismo, estoy convencido que seguirá realizando nuevas aportaciones en las
que, sin dejar la firme ortodoxia con la que siempre comulgó, realice
variaciones instrumentales de acompañamiento que añadan nuevos matices sonoros
en los trabajos que quiera Dios sean muchos, y que aún quedan por ver la luz.
En este espléndido trabajo recopilatorio de su vida artística se puede apreciar
su empeño por conseguir ese sueño que persiguió desde niño, se puede valorar su
obra discográfica, se puede apreciar su coherencia vital y artística, se pueden
conocer los premios obtenidos, el eco que, de sus muchísimas actuaciones se
hicieron los diferentes medios de comunicación y el valor que los redactores de
las muchísimas noticias de prensa le han concedido; se puede entender su pasión
por el flamenco y se pueden percibir sus aportaciones.
Todo ello, ha de servirnos, además de disfrutar de su genuina forma de expresar
el flamenco, para acercarnos aún más a su persona, a sus valores personales y
artísticos, con el fin de que nadie confunda su cercanía, su humildad, su
sentido del humor y la espontaneidad personal que posee, (que le dignifican y
que siempre van a continuar así, por esencia natural y filosófica) con una
infravaloración de la importancia que como embajador de Lucena en el mundo
flamenco y como figura del flamenco ha tenido tiene y seguirá teniendo, pues,
objetivamente, Curro Lucena es el cantaor más laureado, más premiado y el de
mayor trascendencia dentro y fuera de nuestras fronteras que ha dado Lucena
hasta el momento presente, como Paco de Lucena, lo fue en la Guitarra flamenca
en el último tercio del siglo XIX . PACO CALZADO
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